lunes, 1 de diciembre de 2008

Entro a mi celda, la número diecisiete, planta baja, con capacidad de hasta treinta y cinco presos. Me ubico en mi lugar previamente asignado y contemplo brevemente los exteriores de la cárcel. Unos militares se encuentran en la puerta de la penitenciaría fumando unos cigarros cuyo humo sube en espiral hacia el despejado cielo azul de este cálido día primaveral.
Con una voz firme que nombra mi apellido salgo del ensimismamiento y respondo brevemente “acá” mientras el soldado que se encuentra delante de la celda continúa, con su mismo tono monótono, la contabilidad de los presidiarios. La hora transcurre sin novedades.
El sonido continuo y agudo del timbre ponía fin a los hipnóticos efectos de la clase de historia. Salimos en fila india por la única puerta del calabozo y desde allí nos dispersamos.
Momentos después una horda de convictos de mi celda se dirige a los pasillos, irradiando euforia a cada paso. Me acerco a uno de ellos y le pregunto qué sucede, pero la algarabía de sus palabras me resultó incomprensible. Tras varios intentos fallidos logra explicarme la situación en la que nos encontrábamos: la gendarme que nos impartía clases de física había tenido una seria lesión después de resbalar misteriosamente por las escaleras del penal. Una morbosa satisfacción me invadía. El escarmiento divino por fin llegó para ella.
La voz de fuga se repartió y fue aprobada por unanimidad. Los planes de escape fueron desplegados sobre una de las mesas del patio. La idea más aceptada fue la huída por la puerta menos vigilada de la penitenciaría.
El peligro era claro, pero el anhelo de libertad era tal que el luminoso cielo azul confundía las mentes y auguraba victoria. Los planes ya estaban en marcha. La puerta se postraba ante nosotros dispuestos a cruzarla.
Entonces una emboscada de adscriptos atacan por todos los flancos, armados con observaciones, repartiéndolas a diestra y siniestra entre los reclusos.
Una vez alguien dijo “la pluma es más poderosa que la espada”. He aquí la prueba viviente de estas palabras donde cada fragmento de papel es incrustado tan profundamente como el rígido puñal en el tibio pecho.

Santiago Sellanes
Mahia sentada en el fondo de su casa, en un verde jardín, en una tarde hermosa de primavera (la música puede connotar el ambiente, o se pueden escuchar sonidos de pájaros). Tiene un enorme espejo frente a ella.


Mahia_ ¿De verdad todo es como parece ser? ¿Todo es como lo vemos reflejado en los espejos? (Lo mira atentamente, toca su reflejo. Se acerca y se aleja). ¡Qué aburrido ser un espejo! Todo el día trabajando, tratando de representar el reflejo y obedecer las órdenes de movimiento de cada persona que cruza o para ante él. ¡No deberías existir! Tú, ¿de qué sirves? Has llegado a convertir a algunas personas en enfermizas por verse bien, les haz enseñado que lo más importante es lo de afuera, si se ven bien o se ven mal, si están peinadas o no, y eso ¿de qué sirve? Tan sólo muestras los reflejos externos y lo importante es lo de adentro, lo que no puede ser copiado por ningún espejo. ¿Siete años de mala suerte si te rompen? ¡Mentira! Es una confabulación para que no te aniquilemos, para impedir una revolución que termine en la catástrofe de los espejismos que nos han esclavizado. ¡El fin de los espejos para vivir en paz y sin preocuparnos por las apariencias! (Furiosa tira el espejo al suelo y lo rompe en mil pedazos).

TELÓN
Sabrina Irisarri
Estaba allí sentada, sin decir nada, descalza, en un banquito, muy quieta.
En un instante se levantó y emprendió una caminata de unos kilómetros hacia la muerte.
Pensativa y con lo puesto empezó su viaje del que ya había predicado su final.
Llegando a la ruta comenzó a temblar a causa del gran frío. Igual continuó caminando sin que ni siquiera se le cruzaran por su mente ¡amigos!, ¡¡familia!!! Nada en absoluto… ¿Su camino estaría marcado? No se sabe ni se sabrá. Al igual que el por qué y con qué motivos dispuso ella de su fin. Porque en toda la caminata sólo tenía en su mente lo que iba a pasar y pasó. Nadie lo cambió.
Agarró una bolsa que encontró y siguió caminando, sin saber qué pensaba ni ella misma.- O tal vez sí, pero no se sabe.-
Llegó a un puente, se sentó unos 10 minutos y allí fue donde miró a su alrededor y pensó “¿qué hago acá??” No se sabe si se dijo “nada igual a los demás, o vaya a saber qué.
Agarró la bolsa, se la colocó en la cabeza y con la piolita que ya tenía en el bolsillo se la ató fuertemente. Esos segundos fueron ya en la misma muerte.
Sin ver nada y casi sin respirar se agarró a la baranda y saltó al agua.
Así terminó con su vida. O tal vez no y así es como sigue su destino.

Iñaki Arguinarena

Sobre el escenario un gran espejo que refleja al público, las luces se sitúan sobre el mismo y sobre el espejo. Lo demás se encuentra sumergido en la oscuridad. El actor se encuentra sobre el centro del escenario, pero es imperceptible a la vista del público.



Único personaje_ (Sumergido en la oscuridad, con voz clara y alta). ¿Será que es verdad que el espejo es el portal a la posibilidad de poder apreciar nuestra imagen física reflejada como si se tratara de otro ser? ¿Será que en verdad el espejo refleja cómo somos en realidad, lo que en verdad constituimos? Ya hace quince años (pausa) ya hace quince años que no puedo ver más que lo que mis dedos pueden tocar, mis oídos oír, mi lengua degustar, o mi olfato percibir (alzando la voz). Ya no recuerdo mi imagen frente a ese, frente al espejo (alza la voz, alterándose). Es que por más que lo intento, la misma se me hace irreconocible, borrosa, ajena. (Se levanta del piso en el que estaba sentado). He cambiado, ya no soy un niño, he crecido y aún no me conozco, (gesticula exageradamente y señala) los senderos por los que caminaban mis dedos se han vuelto más definidos, más claros, mi piel más rústica; mis ojos se han hundido en la profundidad de mi rostro; mi boca, al igual que mis músculos, se han vuelto carnosos, voluminosos; mi espalda se ha ensanchado y mis brazos y piernas se han alargado. (Inseguro y pensativo). Tal vez no sea prudente afirmar que no me conozco, porque si bien no tengo una imagen clara de mi persona, son mis otros sentidos los que se han agudizado (con orgullo), para permitirme conocerme hoy, y como aliados en mi ejército he hecho que mis dedos recorran cada centímetro de mi cuerpo, que mis oídos oigan mi voz y que mi nariz huela el aroma primitivo de mi piel. Pero es el espejo el que no tiene una imagen de mí (pausadamente) pues en cuanto a lo que a mí me concierne, es mi cuerpo el lugar en el que más me he aventurado, pero será cuando me mire a un espejo cuando compruebe si en verdad soy como lo estimo. (La luz se enciende y enfoca al actor. Su cuerpo se ve reflejado en una serie de espejos, visibles al público. El actor se observa detalladamente, yace desnudo, silencioso. Por último se mira a los ojos y luego de una breve pausa habla desconcertado). ¿No han tenido la sensación de que al mirarlo a los ojos, por un tiempo prolongado, la imagen se empieza a deformar y deja escapar a la vista a otros rostros distintos al inicial, al que conocemos? La frente se ensancha y se angosta, la boca y la nariz rotan sobre la superficie de la piel y los volúmenes parecen ser globos que crecen y se desinflan, como una composición de Picasso, indefinida, desordenada y variada, las dimensiones del rostro son infinitas. (Enojado) Será que el espejo es tan cobarde y mentiroso que después de demostrarle mi sinceridad ofreciéndole mi mirada por más de un instante, huye y prefiere mostrarme una gama inimaginable de rostros y cuerpos que ya no sé si son los míos. (Alzando mucho la voz). ¿Será que el espejo muestra lo que en realidad soy, o lo que los demás ven de mí, o nos muestra lo que queremos ver? ¿No es el espejo acaso otra imagen virtual? (Pausa. Ahora calmado y franco). N o quiero desperdiciar mi vida escuchando como crees que me veo, mis ojos no me hacen otro súbdito del ejército de tu ego, y mi voluntad no forma ni formará parte de tus reliquias, para que algún día cambiemos los roles y me aprisiones en tu ornamentado marco de bronce, creando en la realidad a un ser que sólo refleja lo que fuiste capaz de ver, mi envase. (Con seguridad). Es que prefiero pasar el resto de mis días aventurado en mi interior- encerrado, si quieres-, a ser otro envase y parte de tu colección.

TELÓN

Emiliano Rogríguez