Entro a mi celda, la número diecisiete, planta baja, con capacidad de hasta treinta y cinco presos. Me ubico en mi lugar previamente asignado y contemplo brevemente los exteriores de la cárcel. Unos militares se encuentran en la puerta de la penitenciaría fumando unos cigarros cuyo humo sube en espiral hacia el despejado cielo azul de este cálido día primaveral.
Con una voz firme que nombra mi apellido salgo del ensimismamiento y respondo brevemente “acá” mientras el soldado que se encuentra delante de la celda continúa, con su mismo tono monótono, la contabilidad de los presidiarios. La hora transcurre sin novedades.
El sonido continuo y agudo del timbre ponía fin a los hipnóticos efectos de la clase de historia. Salimos en fila india por la única puerta del calabozo y desde allí nos dispersamos.
Momentos después una horda de convictos de mi celda se dirige a los pasillos, irradiando euforia a cada paso. Me acerco a uno de ellos y le pregunto qué sucede, pero la algarabía de sus palabras me resultó incomprensible. Tras varios intentos fallidos logra explicarme la situación en la que nos encontrábamos: la gendarme que nos impartía clases de física había tenido una seria lesión después de resbalar misteriosamente por las escaleras del penal. Una morbosa satisfacción me invadía. El escarmiento divino por fin llegó para ella.
La voz de fuga se repartió y fue aprobada por unanimidad. Los planes de escape fueron desplegados sobre una de las mesas del patio. La idea más aceptada fue la huída por la puerta menos vigilada de la penitenciaría.
El peligro era claro, pero el anhelo de libertad era tal que el luminoso cielo azul confundía las mentes y auguraba victoria. Los planes ya estaban en marcha. La puerta se postraba ante nosotros dispuestos a cruzarla.
Entonces una emboscada de adscriptos atacan por todos los flancos, armados con observaciones, repartiéndolas a diestra y siniestra entre los reclusos.
Una vez alguien dijo “la pluma es más poderosa que la espada”. He aquí la prueba viviente de estas palabras donde cada fragmento de papel es incrustado tan profundamente como el rígido puñal en el tibio pecho.
Santiago Sellanes
Con una voz firme que nombra mi apellido salgo del ensimismamiento y respondo brevemente “acá” mientras el soldado que se encuentra delante de la celda continúa, con su mismo tono monótono, la contabilidad de los presidiarios. La hora transcurre sin novedades.
El sonido continuo y agudo del timbre ponía fin a los hipnóticos efectos de la clase de historia. Salimos en fila india por la única puerta del calabozo y desde allí nos dispersamos.
Momentos después una horda de convictos de mi celda se dirige a los pasillos, irradiando euforia a cada paso. Me acerco a uno de ellos y le pregunto qué sucede, pero la algarabía de sus palabras me resultó incomprensible. Tras varios intentos fallidos logra explicarme la situación en la que nos encontrábamos: la gendarme que nos impartía clases de física había tenido una seria lesión después de resbalar misteriosamente por las escaleras del penal. Una morbosa satisfacción me invadía. El escarmiento divino por fin llegó para ella.
La voz de fuga se repartió y fue aprobada por unanimidad. Los planes de escape fueron desplegados sobre una de las mesas del patio. La idea más aceptada fue la huída por la puerta menos vigilada de la penitenciaría.
El peligro era claro, pero el anhelo de libertad era tal que el luminoso cielo azul confundía las mentes y auguraba victoria. Los planes ya estaban en marcha. La puerta se postraba ante nosotros dispuestos a cruzarla.
Entonces una emboscada de adscriptos atacan por todos los flancos, armados con observaciones, repartiéndolas a diestra y siniestra entre los reclusos.
Una vez alguien dijo “la pluma es más poderosa que la espada”. He aquí la prueba viviente de estas palabras donde cada fragmento de papel es incrustado tan profundamente como el rígido puñal en el tibio pecho.
Santiago Sellanes
3 comentarios:
Me gustó mucho la celda-clase y por extensión la prisión-liceo, muy bien presentada por los espacios concrteos acotados en las oraciones cortas y contundentes. Por un momento creía que no me podría desprender de la idea de la cácel y soñé que el paralelismo que se recreaba era producto de mi ilusión y que en realidad el personaje que narra, era realmente parte de la horda de presos.
Fuera del efecto alucinógeno de mi falso análisis, me atrevo a reconocer el pseudo espacio que muchas veces pasa por ser la educativa forma de aprisionar.
Muy bien cerrado.
Saludos Santiago.
José Jorge
espero que se publiquen más cosas en el silencio de los puercos, saludos
Esta buenismo me gusto mucho tu blog saludos johanna
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